Tablet del infierno

Siento como las manecillas del reloj martillan mi cabeza a cada segundo. Un lento y mortal tic tac, tic tac… Han pasado tan solo cinco segundos y mi cerebro lo vive como si fuera una lenta y mortal agonía. Tic tac, tic tac, suena en mi espacio tiempo y no deja de repetirse el golpeteo entre las cuatro paredes de mi cuarto, entre cada prenda de ropa arremolinada por todos lados, en el escritorio, en la cabecera, en los cajones, aun en los lápices que he aventados y contra la pares y se han regado por todos lados. Es imparable el tormento.

Voy viviendo lentamente cuando esa superficie fría y rígida la recorría con mis dedos -¡aahh!- La tranquilidad llenaba mis adentros, cual agua al sediento… tic tac, tic tac…

-¡¡¡Han pasado otros 4 minutos mortales!!! ¡¡¡¿Cómo es que no pueden entender, que ella es el aire que respiro?!!!- Estoy danzando entre la locura y la cordura. Como quisiera tenerte entre mis manos, acariciar su firme y eléctrica figura. Haciendo hervir mi sangre, cual lava volcánica. Sin embargo, estoy encerrado entre cuatro paredes, anhelando desangrar al dueño de cada voz inútil que pregunta como estoy.

Tan solo son una parvada de estúpidos, ingenuos que creen saber que esta, mi demencia, tiene cura. -¡¡¡Claro que la tieneeeee!!!- Mis gritos nadie los escucha -La necesito, cual heroína corriendo por mis sangre!!!-

Deambulo cual maniático en el cuarto acolchonado de un centro psiquiátrico, desesperado por encontrar su libertad y su cuadrática cura. Intento no imaginar las mil y un formas violentas con las que podría salir de mi prisión. Con la furia más hirviente recorriéndome las venas, los huesos, los músculos y cada célula mía. Golpear, hasta dejar regada su sangre por todo el cuarto, de cada uno de los que me tiene lejos de ella. Sin conectarme al mundo virtual en el cual me hace tan feliz. Mi amor, mi delirio, mi condena.

O quizás torturarlos lentamente con el cable de su cargador. Ver como la respiración los abandona, hasta quedar como una uva sobre el suelo. Sus ojos buscando ayuda que jamás llegará. Esa misma ayuda santa que me niega salir de este lugar. Para encontrarla, tocarla, encenderla… -¡¡¡Aun no entiendo porque me hacen esto!!!-

Ahogando mis gritos de desesperación para evitar otra cantaleta o más medicinas que me tienen moribundo. –¡¡Esto no es como sanar una herida con una bandita!!- mi furia se intensifica con ese tic tac infinito. Pero creen que mi cama revuelta, los zapatos regados, esos cientos de libros con los cuales planearon convertirme en profesionista me harán olvidárla, están muy equivocados. -¡¡¡No la dejare!!!- Esa ventana, sin chiste, con vista a la calle llena de patéticos conformistas. Esos que me miran y huyen de mi como si vieran a un maniático, enfermo y desquiciado.

Hasta mis amigos se alejaron, no entendieron mi necesidad, me veían como otro demente más, prisionero de la tecnología.

-¡¡¡Necesito de mi Tablet, de su conexión virtual!!!- Esa que me lleva al infierno del cual no quiero salir. Con miles de amigos en red y soluciona las dudas de mi existencia. Yendo en contra de las costumbres y los buenos hábitos. Me posee en tiempo y espacio. Degollando lentamente a cada padre y hermanos, cuando en las redes de su mundo, les cierra su gran boca para que no terminen con este infinito del Internet y su conexión directa a mi alma corrompida.

 

Nancy BlueAngl

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